Historias de aquí

Antonio Lebrón, el valiente militar setenileño que desembarcó el primero en Perejil

Momento en que los soldados españoles colocan la bandera nacional en el islote. Entre ellos, Antonio Lebrón.

Momento en que los soldados españoles colocan la bandera nacional en el islote. Entre ellos, Antonio Lebrón.

PEDRO ANDRADES

Iban con la orden de hacer prisioneros o disparar a matar si había resistencia. Eran las seis de la mañana del 17 de julio de 2002 y hacía un peligroso viento de levante. Seis helicópteros militares partieron de Facinas, cerca de Tarifa, hacia el desconocido islote de Perejil. A su retaguardia, la Marina movilizada y dos cazabombarderos F-18 de escolta. En tres helicópteros Cougar viajaban una veintena de soldados del Grupo de Operaciones Especiales (GOES). Eran tiradores de precisión, un cuerpo de élite para una misión delicada en un momento de máxima tensión con Marruecos, que ha movilizado a sus tropas y vigila la costa con patrulleras. Van recelosos de ser atacados y conscientes de que un error o una mala decisión puede desatar la hostilidad del país vecino. Del primer helicóptero que llega al asalto del peñón de la discordia se lanza un joven de 25 años con ametralladora, puntero láser, 800 cartuchos, granadas, chaleco antibalas… Ese valeroso soldado era el militar setenileño Antonio Lebrón, el primero en pisar el islote y enfrentarse a la incertidumbre de una operación rápida o un conflicto militar de consecuencias incalculables. El hijo de Antonio y Maruja pasó en pocos días de hacer la cola en un concierto de Estopa en Alicante (donde lo movilizaron de urgencia) a protagonizar un día histórico y, muy poco después, a desahogarse con discreción en la Feria de nuestro pueblo. De su comportamiento heroico nos podemos sentir muy orgullosos en Setenil.

Habría que remontarse a la Marcha Verde, el 6 de noviembre de 1975, para encontrar otro episodio que estuviese tan cerca, pese a las parodias que se hicieron a posteriori, de desembocar en una confrontación bélica entre ambos países. Marruecos envió el 11 de julio un puñado de hombres a Perejil, un islote deshabitado y escarpado, de tan solo 10 hectáreas visible desde la costa africana y sin interés geopolítico alguno. El incidente se interpretó como una reivindicación de Ceuta y Melilla por parte de Marruecos. En “Vecinos alejados” (Círculo de Lectores), un libro del acreditado periodista Ignacio Cembrero, se recoge una conversación del entonces presidente español, José María Aznar, con su homólogo francés, Jacques Chirac, que le sugirió en esas fechas “la entrega (a Marruecos) de todos los peñones españoles de la costa marroquí y también de Ceuta y Melilla”. Rabat, aliado histórico de París, insistía en que el islote era suyo y que ningún documento hablaba de soberanía española. Nuestro país reaccionó con un despliegue militar en la zona, en plena crisis política entre ambos países por el reconocimiento de la autodeterminación del Sáhara Occidental y la disputa sobre las aguas pesqueras.

El vídeo de arriba muestra algunas de las imágenes de la intervención militar, publicadas por “Interviú”. 

Muchos de los que fueron en la Operación Romeo-Sierra eran veteranos de misiones internacionales, como el propio Antonio Lebrón, que estuvo en Bosnia y Kosovo. Más allá del acierto de la decisión y de la controversia política por la oportunidad de la maniobra, todos recuerdan como especial esa acción militar por la incertidumbre que les rodeaba. Durante los días previos al asalto, llegaron a localizar más de 20 soldados marroquíes. Según han relatado los mandos, recibieron la orden a las 5:30 horas de la madrugada y pusieron la operación en marcha desde Facinas con un peligroso viento de unos 90 kilómetros/hora. Fueron 28 soldados los que partieron rumbo a Perejil, a 36 kilómetros de distancia. Tenían la sensación de que cualquier error podría precipitar un conflicto militar. Y hubo ocasiones de disparar. La primera, contra una patrullera marroquí que iluminó con un foco de luz al helicóptero señuelo mientras preparaba los cañones. El fuerte viento de levante desplazó 30 metros al primer helicóptero, que se salvó en el aterrizaje por una hábil maniobra del piloto. Pudo ser el final de la operación Romeo-Sierra. Y comenzó el despliegue. Nadie sabía qué se podían encontrar. Localizaron a seis gendarmes en la zona baja de la isla, que se rindieron de inmediato al verse señalados por infinidad de puntos rojos de láser. Un marroquí se escondió detrás de una roca y montó el fusil, pero recapacitó y también se entregó. Si se hubiese producido alguna muerte, las cosas habrían cambiado. En una hora, los GOES culminaron la operación y colocaron una bandera española en un alto del peñón. Llevaron a los prisioneros a Ceuta y fueron relevados por La Legión.

Alrededor de la isla se aglutinaba ese día medio centenar de barcos, marroquíes y españoles. En los telediarios todo el mundo hablaba de Perejil. Casi fue una suerte que a toro pasado se pudiera bromear sobre la presencia de las cabras en el islote en vez de lamentar alguna desgracia o una debacle mayor. Todos los militares que estuvieron en Perejil recibieron la Cruz con distintivo rojo, que distingue las acciones militares destacadas.

 

Vídeo de “Andalucía Directo”, que visitó el islote al poco de la intervención.

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